«Prefiero
diez mil Clearcos en mis legiones». La famosa frase con que Augusto decía que prefería a soldados serios, disciplinados y capaces en su ejército, y no que fuesen valerosos y osados.
Michael Curtis Ford nos trae esta novela, que aunque es de buena base, fiel a la Historia y algo entretenida, ha sido escrita en plan burdo, fantasioso y repetitivo. Habrá que analizar por separado la obra, pues mientras la temática se trata de una de las mejores leyendas que nos ha traído la Historia Antigua, una historia clásica que todo admirador de la cultura helénica, que se precie de serlo, debe tener, la novela se queda muy por debajo de la raya de un buen libro.
En sí, la novela, es el clásico ejemplo de «
desfase de la objetividad», en que un material que da lo primordial para una buena historia, termina siendo adulterado por el autor de manera aberrante, y el resultado es una historia que, lejos de ser ficticia, es caricaturesca, y en vez de ser interesante, se torna monótona y difícil de digerir. Es esta una historia sobre la cual debería haberse trabajado en el campo de la épica y el heroísmo, con tintes de clásico homérico o de una buena novela medievalesca, con sus relatos sobre hombres hechos de carne y hueso, pero que lograron gestas dignas de titanes. Y es que, la novela del señor Curtis Ford termina por envolver al lector en tintes románticos propios de una historia barroca. El estilo narrativo del autor trata de ser bueno, pero endulzar una historia cruel, trágica, agobiante y épica, como lo es la
Anábasis de Jenofonte es un error básico e imperdonable. M. C. Ford ha dejado ir la oportunidad de convertir una historia genial, en una obra maravillosa.
Anábasis y
Helénicas son obras que no pueden faltar en la biblioteca de un lector que se diga «apasionado del mundo antiguo». No puedo decir lo mismo de esta novela.
Y en cuanto a la historia, he mencionado un par de veces lo que opino con respecto a ella: un relato épico que íntegro, ya es un excelente material. Una
anábasis, se puede traducir literalmente como «
expedición punitiva interior». En los inicios del siglo III a. de C., el espartano Clearco dirigió a un ejército griego de hoplitas mercenarios en una expedición invasora en tierras orientales, organizada por el príncipe de Persia y sátrapa de Lidia y Frigia, Ciro
el Joven. El díscolo aqueménida pretendía arrebatar el trono de Persia a su hermano mayor, el rey Artajerjes II, quien se había hecho con él por medio de una conspiración. Ambos reunieron sus ejércitos y marcharon en contra, topando sus caras en la llanura árida de Cunaxa, en el año 401 a. de C.
Después de la batalla, en la que el ejército insurgente salió decapitado por la muerte de su comandante en jefe, los helenos comandados por Clearco recogen sus cosas y se preparan para regresar a casa, sin botín y sin victoria. Tan solo con una buena historia que contar. Pero en el viaje de regreso, los comandantes se entrevistan con el sátrapa Tisafernes, quien les tiende una emboscada y los asesina. Esta es la manera como Jenofonte, el autor de la famosa
Anábasis, mejor conocida como
La Expedición de los Diez Mil, llega al mando de la desorganizada retirada de los helenos hacia sus lejanas tierras.
Temistógenes de Siracusa, o simplemente «Teo», es el principal narrador de la novela. Desde niño se vio atado a la vida de su amo, Jenofonte, y se convirtió en su amigo, su compañero de armas, su escudero y su tutor. Unos años mayor que el ateniense, más corpulento pero menos diestro en las palabras y la dirección. Le acompaña a Oriente, cuando el ateniense decide embarcarse en la aventura después de que su carrera política se vio truncada en la Hélade. Juntos sufrirán las penurias del desierto, los reveses de la derrota en Cunaxa, las inclemencias del clima en las llanuras de Anatolia y el sufrimiento en la loca carrera de los griegos victoriosos, pero sin victoria, por alcanzar el Egeo y su precioso hogar.
Aunque el relato titulado
Anábasis, lleva por autor el nombre de Temistógenes de Siracusa, los historiadores aceptan, en lo general, que este fue un pseudónimo de Jenofonte, mas se desconoce la razón de porqué lo utilizó. Jenofonte, en su juventud, sirvió como jinete y oficial en las fuerzas del gobierno oligarca conocido como «
los Treinta Tiranos». Al ser derrocado por los insurgentes demócratas en Eleusis, Alcibíades fue ostratizado, aunque se le conmutó la pena por influencia de su padre, que era aristócrata, bajo la promesa de no participar activamente en ningún movimiento político durante el régimen demócrata. Después de dirigir la retirada de los
Diez Mil, Jenofonte regresó a Esparta, donde laboró como asesor del rey Agesilao II. En los antecedentes de la batalla de Coronea, se alineó en el frente espartano, lo que le costó su segundo destierro de Atenas. Los espartanos le distinguieron con la
proxenía y fincas en Escilunte, en territorio eleo. Después de la batalla de Leuctra, los eleos recuperaron los territorios perdidos, por lo que Jenofonte tuvo que trasladarse a Corinto. El exilio le fue levantado, pero el escritor jamás regresó a Atenas. Murió en Corinto rodeado de médicos espartanos.
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