Martes, 02 de diciembre de 2008
Imperio




En el año 260 dC. el emperador romano Publio Licinio Valeriano se encuentra en Edesa, durante el asedio que Sapor I mantenía sobre la guarnición de la ciudad. Habría una conferencia, un encuentro entre ambos a media tierra de los dos bandos, en tierra de nadie, pero algo sale mal. El emperador Valeriano es traicionado por la propia guarnición y abandonado a su suerte en manos persas. Junto con él, es apresado también Marco Metelo Aquila, después de luchar por su libertad contra los traidores y los soldados persas, y ver cómo, en la emboscada, su esposa Clelia es asesinada al salir de las murallas para avisarle de la traición. Es el comienzo del viaje épico que emprenden Metelo y el resto de supervivientes de la II Legión Augusta.

La obra relata la odisea vivida por los soldados romanos que siguieron fieles al emperador hasta su muerte, en una mina de diamantes perdida en medio del desierto mesopotámico, en la miseria y la desolación más críticas. Pero en el confinamiento, Metelo nunca deja de pensar en sus dos promesas hechas a dos de las personas más importantes en su vida: promete a su hijo, Tito, regresar antes del anochecer, y a su emperador, regresar sus cenizas a Roma. Así es cómo, auxiliado por Uxal, un astuto esclavo viejo, elabora un plan para recuperar la libertad. Al escapar conoce a toda una gama de personajes pintorescos y misteriosos, como el mercader hindú Daruma, el príncipe chino Dan Qing y su hermana Yu Chang, con quienes compartirá un viaje extraordinario a través de la Sera Maior, el nombre con el que los romanos conocían al remoto país de donde procedía la seda. Metelo jura a Dan Qing ayudarle a recuperar su reino y combatir contra sus enemigos, en los territorios de un enorme imperio que está en constantes conflictos bélicos. Es en China donde Metelo se reencuentra con un capítulo del pasado del Imperio Romano, una vieja leyenda que hablaba sobre los Diablos Rojos Mercenarios, una legión derrotada y perseguida por los desiertos y las estepas de Asia, que encontró un hogar en esa tierra llena de hermosos paisajes y extrañas filosofías espirituales, y donde aguardarían para luchar por su emperador cuando éste los necesitara. Al final, los antiguos legionarios de la Legión Perdida se levantarán de sus tumbas de piedra, obedeciendo a la profecía y al llamado de su comandante Metelo.

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Puedo decir que, tratándose de este autor, la obra me deja con un mal sabor de boca. Manfredi, en estos últimos años, se ha dejado llevar locamente por la pasión bestseleriana, haciendo novelas fáciles, muy fáciles de leer, y de un contenido algo soso y burdo. Y en «El Imperio de los Dragones» esto se ha notado bastante porque el tema, en sí, es extraordinario. Todos los que hemos leído aunque sea un poco de la historia de Roma, nos hemos apasionado con la idea fantástica de unos legionarios perdidos en China, donde combatían a miles de hombres con espadas y arcos, apoyados únicamente en sus gladios, hastas y virtus, aplastándolos con sus formaciones y sus tácticas de infantería, arrollándolos con su ferrea disciplina y sentido del deber. A decir verdad, cuando tuve esta novela en mis manos pensé que de eso trataría, pero me llevé una amarga decepción conforme iba avanzando en las páginas, ya que abordaba el mismo tema infinitamente abordado de las últimas novelas históricas, no solo por Manfredi, sino por muchos más autores: el de un personaje superfluo, sin profundidad ni caracter, que cae en la desgracia o se embarca en aventuras, que se enamora perdidamente de una mujer guerrera y que enfrenta a un ejército completo únicamente con su valor y su astucia. La narración y los personajes son casi identicos a los de «La última legión». Aureliano es la misma máscara de Metelo, Tito, la misma figura sufrida del emperador Rómulo, y Livia, una mujer indomable e incansable que terminará enamorándose y cambiando el destino del personaje principal, igual que Yu Chang.

La historia es repetitiva, superflua y cansada. Hay ocasiones de la narración en que el autor no va a ningún lado, como si diera la impresión de solo haber escrito por escribir. Hay muchos baches narrativos, historias inconclusas, como la de Tito, o la del consejero de Sapor. El personaje principal, Metelo, es retratado como un hombre tallado en la piedra, hecho a la antigua, con una disciplina completamente sólida y una resolución sin titubeos; sin embargo, de manera constante, casi todos los personajes de la novela le dicen qué hacer, como si se tratase de un tonto. De los otros romanos, Manfredi relata, una y otra vez, para qué son buenos y qué están haciendo, como si el lector corriera el riesgo de olvidarlo al cambiar de página. Por ejemplo, recuerdo haber leído seis o siete veces que Balbo «estaba sentado afilando su gladio con la piedra». También nos encontramos, entre los personajes, a un mercader hindú más omniconsiente que dios mismo, a un príncipe misterioso que se para sobre la grupa de un caballo y con un salto sube a un barco que avanza por la orilla de un río, a un eunuco resentido porque le han cortado su miembro y, para vengarse, debe derrocar al emperador y asesinar a la familia real, un grupo de asesinos a sueldo que vuelan sobre los bosques con planeadores y atacan desde el cielo, unos soldados romanos que siempre que luchaban ejecutaban el testudo...

Pero mejor pasemos a lo rescatable.

Sin duda alguna, el personaje más carismático de la novela es el viejo esclavo Uxal, el retrato más humano que el lector puede encontrarse en la obra y, después de éste, un Aureliano antes de ser emperador romano. También, aunque la novela sea pobre en general, lo que me sigue sorprendiendo de Manfredi es que nunca deja de apegarse a la historia verídica, la fidelidad histórica, a pesar de lo que pase en la novela. Por ejemplo, los retratos que hace de Zenobia y de su Príncipe de Palmira, de Aureliano Manos ad ferrum y de Sapor. Y no solo de los personajes, sino también de las situaciones; la manera en que adapta la narración de Metelo, desde que es apresado hasta su regreso a Roma, justo después de la coronación de su amigo Aureliano. También, lo que siempre ha hecho con maestría este escritor, es la descripción de los paisajes, de los hechos arqueológicos y de las etnias, las regiones geográficas y socioeconómicas.

Los momentos verdaderamente grandes de la narración, se los podrá encontrar el lector en sucesos aislados. El escape de las minas, en primer lugar, la lucha en el coliseo improvisado por el usurpador chino y el despertar de los Diablos Mercenarios. También el final es épico, con un Metelo cumpliendo su promesa a su hijo y a su emperador, después de largos años de ausencia. Fuera de eso, las situaciones sobrantes son inconcebibles, poco creíbles, predescibles o sumamente fantasiosas.

En general, yo le adjudico a esta obra una calificación media baja; pobre en narración, pésima en caracterización, muy buena en descripciones y muy fiel a la historia, aún cuando está más basada en la fantasía que en la realidad.
Publicado por Giliathluin @ 12:55  | Edad Antigua
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